Varias enfermeras se movieron de inmediato. La pusieron en una camilla y se la llevaron detrás de unas puertas blancas. Mateo se quedó pegado a mi pierna, apretándome el pantalón con sus manos sucias.
Dos horas después, una trabajadora social del hospital me miraba con una seriedad que me heló la sangre.
—Señor Rivas, esto ya fue reportado al DIF y a la Fiscalía. Necesitamos saber dónde está la madre.
—No lo sé —respondí—. Pero cuando la encuentre, juro que no volverá a acercarse a mis hijos.
En ese momento, una enfermera entró con el rostro pálido.
—Señor… encontramos un registro con el nombre de su exesposa en otro hospital.
Me puse de pie.
—¿Qué significa eso?
La enfermera tragó saliva antes de contestar.
—Significa que Laura no estaba de viaje. Y lo que pasó con ella… cambia todo.
No podía creer lo que estaba a punto de pasar.
PARTE 2
La enfermera me llevó a un pasillo aparte, lejos de Mateo, como si las paredes también tuvieran que protegerlo de la verdad.
—Su exesposa ingresó al Hospital General de México la madrugada del sábado —dijo en voz baja—. Llegó inconsciente después de un accidente automovilístico. No traía identificación. La registraron como desconocida hasta hace unas horas.
Sentí que el piso se movía.
—¿Está viva?
—Sí. Despertó esta mañana. Tiene fracturas, golpes severos y una conmoción fuerte.
Mi primera reacción no fue compasión. Fue rabia.
Porque mientras mi hija se deshidrataba y mi hijo intentaba mantenerla con vida a punta de galletas, Laura estaba en algún lugar de la ciudad, en un coche, con alguien que ni siquiera tuvo el valor de quedarse cuando todo se destrozó.
—¿Quién iba manejando? —pregunté.
La enfermera dudó.
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