Sofía, de tres años, estaba debajo de una cobija gruesa aunque hacía calor. Tenía la cara pálida, los labios partidos y las mejillas encendidas por la fiebre. Al tocarle la frente, sentí un fuego brutal. Su cuerpo estaba flojo, pesado, como si ya no tuviera fuerzas para luchar.
La cargué sin pensarlo.
En la cocina vi la escena que jamás podría borrar: una caja vacía de cereal, un frasco de catsup, un limón seco y un vaso entrenador con jugo pegado en el fondo. Nada más.
—¿Cuándo comieron por última vez? —pregunté.
Mateo bajó la mirada.
—No sé. Yo le di pan, pero se acabó.
Quise gritar. Quise romper algo. Pero tenía a Sofía en brazos y a Mateo mirándome como si yo fuera la única pared que quedaba entre él y el desastre.
Los subí al coche y manejé directo al hospital infantil. A mitad del camino, Mateo preguntó:
—¿Mamá está enojada conmigo?
Se me nublaron los ojos.
—No, hijo. Tú no hiciste nada malo.
—Yo cuidé a Sofía.
—Le salvaste la vida.
Cuando llegamos a urgencias, Sofía soltó un sonido extraño, como si intentara respirar y no pudiera. Corrí con ella en brazos.
—¡Ayuda! ¡Mi hija no responde!
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