“Papá… mi hermanita no despierta. No hemos comido en tres días”, susurró el niño. Él corrió al hospital pensando que su madre los había abandonado… pero la verdad era mucho más terrible de lo que imaginaba.

Buzón.

Volví a llamar.

Buzón.

Manejé como un loco por Viaducto, con el corazón golpeándome las costillas. Mateo seguía en la línea, pero casi no hablaba.

—No cuelgues, campeón —le dije, intentando sonar tranquilo—. Ya voy para allá.

—Tengo miedo, papá.

Esas tres palabras me destrozaron.

Cuando llegué al edificio, el portón estaba entreabierto. Subí las escaleras de dos en dos. La puerta del departamento no estaba cerrada con llave. La empujé y el olor me golpeó antes de ver nada: trastes podridos, aire encerrado, ropa sucia, miedo.

—¡Mateo!

Lo encontré sentado en la sala, abrazando una almohada, con la cara manchada y los ojos enormes. No corrió hacia mí. Solo me miró como si ya no supiera si confiar en que un adulto realmente iba a salvarlo.

—Pensé que ya no ibas a venir —susurró.

Me arrodillé y lo abracé con tanta fuerza que sentí su cuerpecito temblar.

—Estoy aquí. Ya estoy aquí.

Él señaló el sillón.

 

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