PARTE 1
“¡Si tienen hambre, que aprendan a verse bonitas sufriendo!”
Eso fue lo primero que escuchó Alejandro Santillán al abrir la puerta lateral de su mansión en Las Lomas, aquella Nochebuena en la que creyó que volvería a abrazar a sus hijas.
Venía de Monterrey, agotado, con el saco empapado por la lluvia fría y cuatro bolsas de regalo en las manos. Seis meses fuera cerrando contratos, inaugurando oficinas y repitiéndose que todo lo hacía por ellas: por Valeria, Camila, Regina y Sofía, sus cuatrillizas de cinco años.
Pero al entrar, la casa no olía a ponche ni a romeritos.
Olía a alcohol caro.
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