La detective esperó.
No me apuró.
Eso me dio fuerza.
—¿Cree que su esposo sabía que iban a agredirla? —preguntó.
—No sé si sabía del aceite —respondí—. Pero sabía que iban a presionarme. Sabía que no me dejarían ir. Y me mandó sola.
Ella lo escribió.
Durante las semanas siguientes, mi vida se volvió cirugía, dolor y silencio.
Me limpiaron tejido muerto. Me hicieron injertos. Me enseñaron a mover los brazos otra vez. Lloré en baños, en camillas, en terapias. Aprendí que una blusa podía sentirse como lija y que dormir podía ser una batalla.
Alejandro vino al hospital todos los días durante una semana.
Trajo flores que pedí retirar.
Trajo libros que no podía sostener.
Al octavo día, trajo una propuesta.
—Mi mamá aceptaría declararse culpable de un cargo menor —dijo—. Sin juicio. Solo necesitaríamos que tú pidieras clemencia.
Lo miré.
No reconocí al hombre que tenía enfrente.
—¿Clemencia? —dije—. ¿Ella tuvo clemencia cuando calentó el aceite?
—Tiene setenta años, Mariana.
—Yo estaba despierta cuando me quemó.
Bajó la cabeza.
—Sigue siendo mi madre.
—Y yo sigo siendo la mujer que ella intentó destruir.
Esa fue la última vez que lo vi como esposo.
El juicio comenzó diez meses después.
Para entonces podía caminar despacio, usar ropa suelta y sentarme con cojines especiales. Las cicatrices de mis brazos eran visibles: líneas rosadas, gruesas, irregulares. Mi espalda era peor, pero esa la llevaba escondida como un mapa privado del infierno.
Mi abogada me preguntó si quería cubrirme los brazos.
—No —respondí.
Entré al tribunal con un vestido azul de manga corta.
Las cámaras se giraron.
Doña Teresa estaba sentada junto a su abogado, con traje gris y rostro de mármol. Cuando vio mis cicatrices, apartó la mirada.
Bien, pensé.
Mírame o no me mires.
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