—Mi vuelo se retrasó —dijo Alejandro.
Lo miré desde la cama, vendada, con la espalda ardiendo bajo capas de medicina y gasa.
—No hay etiqueta de vuelo en tu maleta.
Él miró hacia la esquina y luego volvió a mí, molesto.
—¿Eso te importa ahora?
—Sí —respondí—. Eso me importa ahora.
Su rostro cambió. La tristeza se le cayó por un segundo, como una máscara mal puesta.
—Mi madre está detenida. Rodrigo también. Fernanda está destruida. La familia está acabada.
—¿La familia? —pregunté—. Tu madre me sostuvo contra una mesa y me quemó con aceite hirviendo.
—Yo no pensé que fuera a llegar tan lejos.
Esa frase abrió un hoyo dentro de mí.
—¿Qué pensaste que iba a pasar?
Alejandro cerró los ojos.
—Solo querían asustarte para que entendieras la situación.
—¿Tú sabías?
No respondió.
—¿Tú les diste mis documentos financieros?
Se llevó las manos a la cara.
—Mi mamá estaba desesperada.
—Yo era tu esposa.
—Y ella es mi madre.
Ahí estaba todo.
No necesitaba más.
El detective que tomó mi declaración llegó esa misma tarde. Se llamaba Laura Mendoza. Hablaba con calma, pero sus preguntas eran afiladas.
Le conté todo: la invitación, la mentira del viaje, la carpeta, los hombres en las puertas, el veinte por ciento, la estufa, el aceite.
Cuando llegué a la parte en que mi piel empezó a quemarse, no pude seguir.
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